2007/04/29

Soy un hombrecillo, poca cosa

Fragmento de la novela Los inquilinos de Moonbloom, de Edward Lewis Wallant.

Una vez leyó 'Cumbres borrascosas' a lo largo de un fin de semana, y fue al instituto siendo absolutamente susceptible de quedarse prendado de cualquier heroína, con el resultado de que la chica que se sentaba delante de él, a la que había admirado durante unos cuantos meses, emitió un cuesco sonoro que a él lo asesinó a medias, y que le impidió decir una sola palabra a nadie a lo largo de toda la semana. Se había reído de un chiste muy gracioso, a propósito de un negro, cuando se lo oyó contar a Irwin en una fiesta, pero al día siguiente vio a unos cuantos blancos dar alguna que otra patada en el trasero a un negro, con lo que se cuestionó provisionalmente la risa del día anterior. Había asistido a varias universidades con la vaga exaltación de un Viejo Axelrod y había encontrado solamente gráficas y créditos. Se había emborrachado con la idea de Dios y encontró solamente la teología. Había ascendido varias veces llevado de las sutiles y poderosas alas de la lujuria, a la espera de la magnificencia, pero sólo alcanzó la descarga. En algunas ocasiones había ampliado la amistad con palpitante esperanza, sólo para hallar que nadie sabía muy bien qué era lo que tenía en mente. Su soledad era ahora fruto de su metabolismo, esa constante respiración de alegría entrante y de tristeza saliente. Poco a poco había comenzado a respirar de un modo más superficial, y a las dos se habían fundido misericordiosamente en un melancólico contento. Se preguntó de qué modo alcanzaría el dolor esa fuerza de escasa magnitud. "Soy un hombrecillo, poca cosa, con limitaciones muy concretas", declaró para sí, y se relajó con ese reconocimiento.