2005/06/08

Las buenas intenciones, de Ángel Zapata

Zapatero remendón. Algo de eso tiene Ángel Zapata, cuentista y maestro de cuentistas. Con un poquillo de teoría general del relato, un bastante de Raymond Carver y unos toques de casticismo bien entendido, los textos de esta recopilación (fechada en 2001 y publicada por la Biblioteca de Creación Literaria) gustan al leer y se quedan en la memoria.

Escritores de cuentos en castellano hay muchos, pero en España no. Y Zapata se atreve tanto con el micro-relato ('Ecuador', un párrafo), como mira a los ojos a su maestro ('Mitades'), se pone surrealista ('Yo diría que un domingo', 'Pandemia'), o realiza ejercicios de estilo en torno a premisas imposibles ('La partida', 'La dura realidad').

Pero dos son los textos más destacados de Las buenas intenciones y otros cuentos. El primero lo es por extensión y desarrollo. Se trata de 'Lo bueno siempre es poco', 26 páginas (el más largo del libro) de costumbrismo mágico en las que el bueno de Marcos Antolín incendia el pueblo, consigue enamorar a sus convecinos a base de buen corazón, vence la resistencia de la joven panadera y escribe una carta para pedir una niña (un poco esmirriada, eso sí) a la cigüeña.
El otro es 'Llueve con ganas'. Aquí Zapata escribe queriéndose, sabiéndose bueno. Con vocación de texto distinto, narra las sensaciones de un breve momento en el que llueve (en realidad llueve con ganas) y casi que no dan ganas de moverse. Y aunque las cosas no se hayan dicho como se hubiera querido, la verdad es que no era difícil entenderse. Y lloviendo así, lo cierto es que no dan ganas de moverse. 'Entonces quédate'.

Un toquecillo de fantasía y absurdo se cuela en las historias entrañables y humanas de este libro, ni mejor ni peor que otros, pero sí distinto.


Dedicado a la chica de las manos de glicerina.


Xx